Pedid y se os dará

Queridos hermanos:

“Señor, enséñanos a orar”, San Lucas resalta este domingo la importancia de la oración, que está en el centro de la vida cristiana. Orar pertenece a la entraña de la experiencia del encuentro con Dios, en Jesús. No es fácil, todos decimos que la oración es fundamental para el creyente, pero lo difícil es sacar momentos para ponernos delante del misterio. Escasea la oración e incluso el rezo, porque vamos perdiendo el sentido poético y simbólico. Toda relación es un acto gratuito, ineficaz, inútil, único y nosotros estamos acostumbrados al pragmatismo.

Desde niños nos enseñaron a rezar, con la oración del Padrenuestro que hoy nos propone Jesús, tres padrenuestros después de confesarnos, un padrenuestro para bendecir la mesa, otro en todas las misas. Lo recitamos tan rápido, que en ocasiones, no sabemos distinguir entre lo que decimos y hacemos, o lo sabemos y por eso corremos. En el momento de su rezo en la Eucaristía escuchamos: “nos atrevemos a decir”, y la audacia parece convertirse en rutina muchas veces cantarina. Quién puede llamar a Dios, Padre (Abba) y no ir más allá de la costumbre mil veces repetida.

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Cómo decir que santificado sea su nombre, se haga su voluntad, que venga su Reino, sin alzar nuestra mirada al cielo. Y en la segunda parte, cómo no mirar al hombre que necesita el pan de cada día, el perdonar y ser perdonado, el no caer en la tentación y ser librado del mal. En el Padrenuestro unimos el cielo y la tierra, se nos muestra lo fundamental del Reino, que no es formulado en una doctrina, sino en una oración. Rezarlo crea una cierta insatisfacción, un deseo, una esperanza de que es posible que pueda llegar el Reino, que es justicia, paz y fraternidad. Que será necesario repartir el pan cada día no sólo en la Eucaristía, sino el pan material, pedir perdón y luchar por una vida más digna. Es entonces cuando las palabras, mil veces repetidas, cobran sentido.

Nadie puede apropiarse a Dios, no es Padre mío, sino Padre nuestro, nuestro Dios es de todos, llamar a Dios Padre nos hace a todos hermanos. En él no se habla de la Iglesia, el centro es Dios y el hombre necesitado. Ahí está lo esencial, la pasión por el cielo y la pasión por la tierra. Toda oración nace de un profundo encuentro con Dios, que es el que nos manda a la acción, por eso está llena de una confianza alegre y de un sereno abandono. Lo importante de la oración son las experiencias que suscita: nos hace ver nuestras limitaciones, anhelos, noches oscuras, tener momentos de bendición y alabanza… La relación con la trascendencia, sólo puede vivirse en búsqueda.

“Pues yo os digo a vosotros: pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá; porque todo el que pide recibe, y el que busca halla, y al que llama se le abre”. Pedid, buscad, llamad, dar, hallar, abrir; podrían ser los ser verbos imprescindibles para orar. Jesús se enfrento al templo, los sacerdotes, el culto, la ley, el sábado, pero nadie jamás le pudo acusar de no pedir al Padre por sus discípulos, de no buscar su voluntad, y de no retirarse en muchas ocasiones, en soledad a orar. Por eso, se puede asegurar, que un creyente que no ora, difícilmente es creyente, a lo más, será una persona con una fuerte carga ideológica, que se ha creado un Jesús imaginario y un catolicismo a su medida.

Tendremos que conseguir tiempo para orar, lo de rezar no lo llevamos tan mal, en medio de tanta actividad, quizás, nos falte el momento de aquel labrador, que todas las tardes al regresar del campo, entraba en la Iglesia que estaba solitaria, se sentaba en el último banco a fumar un cigarro y hablar con Dios, no rezaba, le contaba como iba la cosecha, sus hijos… y al terminar el cigarro se marchaba para casa. No es cuestión de método, ni de posturas, tendremos que contar con el Espíritu (espiritualidad viene de Espíritu), es cuestión de amistad y de saber; que dependemos de alguien, que es Padre-Madre, que nos quiere.  Julio César Rioja, cmf

XVII Domingo del Tiempo Ordinario
Evangelio según San Lucas, Capítulo 11, Versículos 1 al 13
Julio 24, Año Santo de la Misericordia, dos mil dieciséis